Hablando de: estrés
El estrés forma parte de nuestra vida. Puede aparecer ante una sobrecarga de trabajo, un conflicto personal, un examen, una competición deportiva o una situación de incertidumbre. Sin embargo, no todas las personas reaccionamos igual ante las mismas circunstancias, ni una situación tiene por qué resultarnos igualmente estresante en distintos momentos. Comprender por qué ocurre esto es un primer paso para aprender a afrontarlo.

¿Qué entendemos por estrés?
Habitualmente utilizamos la palabra estrés para describir
una sensación de presión, nerviosismo o agotamiento. Aunque estas experiencias
pueden formar parte de él, el concepto psicológico es bastante más amplio.
El estrés puede entenderse como un proceso de adaptación que
aparece cuando determinadas exigencias ponen a prueba nuestros recursos para
afrontarlas. En él intervienen las características de la situación, nuestra
interpretación de lo que está ocurriendo, los recursos disponibles y las
respuestas fisiológicas, emocionales y conductuales que ponemos en marcha.
Esto significa que el estrés no depende exclusivamente de lo
que sucede a nuestro alrededor, pero tampoco es algo que exista únicamente en
nuestra mente.
Una de las explicaciones más influyentes de este fenómeno es
el modelo cognitivo-transaccional desarrollado por los psicólogos Richard
Lazarus y Susan Folkman (1984). Su principal aportación fue destacar que, para
comprender la experiencia de estrés, debemos atender a la relación entre la
persona y su entorno.
Desde esta perspectiva, una misma situación puede
representar un desafío manejable para alguien y una amenaza importante para
otra persona. Incluso nosotros mismos podemos experimentarla de manera
diferente dependiendo de nuestro estado físico, experiencia previa, apoyo
social o circunstancias personales.
¿Por qué aparece el estrés?
Imaginemos que tenemos que entregar un trabajo importante en
pocos días y todavía nos queda bastante por hacer.
Ante esta situación, nuestra mente realiza una serie de
valoraciones, a menudo rápidas y poco conscientes.
En primer lugar, evaluamos qué significa lo que está
ocurriendo: ¿es importante?, ¿puede perjudicarme?, ¿supone una amenaza?,
¿representa un desafío?
Es lo que Lazarus y Folkman denominaron valoración
primaria.
Después valoramos nuestros recursos para afrontar la
situación: cuánto tiempo tenemos, qué conocimientos necesitamos, si podemos
solicitar ayuda o qué alternativas están a nuestro alcance.
Esta segunda evaluación recibe el nombre de valoración
secundaria.
Cuando percibimos que las exigencias son importantes y
nuestros recursos resultan insuficientes, es más probable que experimentemos
una respuesta de estrés.
Pero estas valoraciones no son estáticas. Pueden cambiar a
medida que obtenemos información, adquirimos recursos o modificamos nuestras
circunstancias.
Por ejemplo, una tarea que inicialmente parece imposible
puede volverse manejable cuando aprendemos a realizarla o recibimos apoyo de
otra persona.
También puede suceder lo contrario: una situación que
llevábamos bien puede empezar a desbordarnos si acumulamos cansancio, aparecen
nuevos problemas o dejamos de disponer del tiempo necesario para recuperarnos.
Conviene señalar que no todas las dificultades se resuelven
cambiando nuestra interpretación. Existen exigencias objetivamente excesivas,
condiciones perjudiciales y circunstancias sobre las que tenemos un control
limitado. Comprender el estrés también implica reconocerlas.
¿Qué ocurre en nuestro organismo cuando estamos estresados?
La respuesta de estrés es un mecanismo natural de
adaptación. Ante una situación que interpretamos como exigente o amenazante,
nuestro organismo puede activar diferentes sistemas fisiológicos que nos
preparan para responder.
Entre otras reacciones, podemos experimentar un aumento de
la frecuencia cardiaca, cambios respiratorios, tensión muscular o un mayor
estado de alerta.
Estas modificaciones no son necesariamente perjudiciales. En
determinadas circunstancias pueden ayudarnos a movilizar energía y responder
con rapidez ante una demanda inmediata.
Pensemos en un deportista antes de competir o en una persona
que debe resolver un imprevisto importante. Cierto grado de activación puede
facilitar su disposición para actuar.
El problema aparece cuando la respuesta resulta demasiado
intensa, interfiere en nuestro funcionamiento o se mantiene repetidamente sin
oportunidades suficientes de recuperación.
Nuestro organismo necesita alternar periodos de actividad
con otros de descanso. Permanecer continuamente en estado de alerta puede
terminar afectando al bienestar físico y psicológico.
¿Cómo podemos reconocer el estrés?
El estrés no se manifiesta igual en todas las personas.
Algunas experimentan principalmente molestias físicas; otras perciben cambios
emocionales, dificultades cognitivas o alteraciones en su comportamiento.
Entre sus manifestaciones más frecuentes encontramos:
Físicas: tensión muscular, dolores de cabeza,
cansancio, molestias digestivas o dificultades para dormir.
Cognitivas: preocupación persistente, problemas de
concentración, sensación de sobrecarga, olvidos o dificultades para tomar
decisiones.
Emocionales: irritabilidad, frustración, inquietud,
ansiedad o sensación de estar desbordado.
Conductuales: reducción de actividades agradables,
conflictos interpersonales, aislamiento, cambios en los hábitos cotidianos o
aumento de determinadas conductas de evitación.
Estas manifestaciones no son exclusivas del estrés. Pueden
aparecer por numerosas causas psicológicas y médicas, de modo que no deberían
interpretarse aisladamente como indicadores diagnósticos.
Estrés agudo y estrés crónico: una diferencia importante
No es lo mismo afrontar una situación exigente durante unas
horas que vivir durante meses sometidos a dificultades persistentes.
El estrés agudo suele relacionarse con demandas
concretas y relativamente limitadas en el tiempo: una entrevista de trabajo, un
examen, un conflicto o una competición importante.
Por su parte, hablamos de estrés crónico cuando la
exposición a circunstancias estresantes se prolonga o las respuestas de estrés
se mantienen durante periodos extensos, incluso mediante la preocupación
anticipatoria o la repetición mental de situaciones pasadas.
La acumulación de demandas y la insuficiente recuperación
pueden contribuir a dificultades de sueño, fatiga, problemas de concentración,
malestar emocional y otros problemas de salud.
Por eso, el objetivo no consiste en eliminar cualquier
experiencia de estrés —algo poco realista e innecesario—, sino en desarrollar
formas adecuadas de afrontar las exigencias, reducir aquellas que sean
modificables y disponer de oportunidades suficientes para recuperarnos.
¿Estrés, ansiedad y burnout significan lo mismo?
Aunque están relacionados, no son conceptos equivalentes.
El estrés describe un proceso de respuesta y adaptación ante
determinadas demandas o circunstancias.
La ansiedad, por su parte, puede aparecer como parte de esa
respuesta, pero también mantenerse mediante la anticipación de amenazas o
preocupaciones que persisten incluso cuando el desencadenante inicial ya no
está presente.
Tampoco debemos confundir el estrés crónico con el síndrome
de burnout o síndrome de desgaste profesional.
Según la Organización Mundial de la Salud, el burnout se
conceptualiza como un fenómeno derivado del estrés laboral crónico que no se ha
gestionado satisfactoriamente. Se caracteriza por agotamiento, distanciamiento
mental o cinismo hacia el trabajo y una percepción reducida de eficacia
profesional.
Por tanto, no toda persona sometida a estrés prolongado
desarrolla burnout, ni resulta adecuado utilizar este último término para
describir cualquier forma de cansancio o malestar cotidiano.
La distinción tiene importancia porque permite identificar
mejor qué problema estamos abordando y seleccionar las medidas de intervención
más apropiadas.
¿Qué podemos hacer para afrontar mejor el estrés?
No existe una técnica universal que funcione por igual para
todas las personas y situaciones. Una intervención adecuada debería comenzar
identificando qué está generando el estrés, qué factores lo mantienen y qué
posibilidades reales existen para modificar la situación.
Algunas líneas de actuación especialmente útiles son:
Identificar las demandas. Conocer qué circunstancias
están generando sobrecarga permite distinguir los problemas concretos de una
sensación general de desbordamiento.
Evaluar nuestros recursos. Tiempo, conocimientos,
apoyo social, capacidad de decisión y posibilidades de recuperación son
elementos relevantes. A veces necesitamos adquirir nuevas habilidades; otras,
modificar unas exigencias excesivas.
Revisar las interpretaciones. Determinadas
expectativas, anticipaciones o formas rígidas de valorar una situación pueden
intensificar el malestar. Aprender a reconocerlas y desarrollar
interpretaciones más ajustadas puede resultar beneficioso, sin negar las
dificultades reales.
Actuar sobre los problemas modificables. Organizar
tareas, establecer prioridades, negociar responsabilidades, solicitar apoyo o
introducir cambios en nuestras rutinas puede ayudarnos a reducir algunas
fuentes de estrés.
Cuidar la recuperación. Un descanso suficiente, la
actividad física adaptada a nuestras circunstancias, las relaciones personales
satisfactorias y los espacios de desconexión pueden contribuir a nuestro
bienestar.
En el ámbito laboral es especialmente importante recordar
que la prevención no puede recaer exclusivamente sobre el trabajador. Cuando el
origen del estrés está relacionado con una carga de trabajo excesiva, falta de
autonomía, conflictos organizacionales u otras condiciones perjudiciales,
también deben abordarse esos factores.
¿Cuándo conviene buscar ayuda profesional?
Experimentar estrés ocasionalmente no significa que tengamos
un trastorno psicológico. Sin embargo, conviene solicitar una evaluación cuando
el malestar se mantiene, aumenta progresivamente o comienza a interferir de
manera significativa en el descanso, el trabajo, los estudios, las relaciones
personales o las actividades cotidianas.
La intervención psicológica puede ayudar a comprender qué
está ocurriendo, identificar los mecanismos que mantienen el problema y
desarrollar estrategias ajustadas a cada situación.
En ocasiones también será necesario abordar las
circunstancias ambientales que contribuyen al malestar o valorar posibles
problemas de salud asociados.
Para terminar
El estrés no es simplemente una consecuencia de tener
demasiadas cosas que hacer. Es un proceso complejo en el que interactúan las
demandas del entorno, nuestros recursos, la forma en que valoramos las
situaciones y las respuestas que desarrollamos para afrontarlas.
Comprender esta interacción permite dejar de considerar el
estrés como un enemigo que debemos eliminar a toda costa y empezar a abordarlo
de una manera más realista: modificando aquello que podamos cambiar,
desarrollando nuestros recursos y reconociendo cuándo necesitamos apoyo.
Referencias y documentación
- Lazarus,
R. S., y Folkman, S. (1984). Stress, Appraisal, and Coping. Springer Publishing Company. Edición
española: Estrés y procesos cognitivos (Martínez Roca, 1986).
- Organización
Mundial de la Salud. (2026). Stress:
Questions and answers.
- American Psychological
Association. (2024). Healthy ways to handle life's stressors.
- Organización
Mundial de la Salud. (2019).
Burn-out an occupational
phenomenon: International Classification of Diseases.
- Organización
Mundial de la Salud. (2022).
WHO guidelines on mental health
at work.
José Luis Pardo
Psicólogo General Sanitario · PSINERGIKA
Publicado originalmente en abril de 2014. Contenido revisado y actualizado en octubre de 2026.